No confundir aquí a los que pegan a sus mujeres, esos, son solo idiotas; y unos fracasados. Nada que ver con los macho-hombres, estos, comulgan con una religión única: la adoración del Hombre-macho. Son muchos, y nada inescrutables, los caminos que te llevan a ser un Macho. Eres un hombre-macho si desayunas chiles crudos, si te afeitas con una navaja, si masticas un alacrán.
Ahora bien, más importante que las cosas que hagas para ser un macho-hombre u hombre-macho son las cosas que no puedes hacer. Como por ejemplo: contemplar el cielo. Esto, esto en concreto es de lo peor. De mujeres ¡no! de maricas. Una vergüenza para la especie. Para el Dios Macho-hombre. No obstante, contemplar el cielo, admirarlo, es hermoso; y esto lo saben bien los hombres-macho.
Para solventar esto se inventó el baloncesto.
El baloncesto es macho. Es hombre. Rudo, se juega sin camiseta, se suda, sobretodo se suda. Pero lo más maravilloso es que se mira al cielo. Se puede mirar al cielo sin llamar la atención. Lejos de las especulaciones de la macho-hombría u hombría-macho de uno. Y es entonces, en los pases largos, en los rebotes, en los balones que rozan el aro, en los que se encestan, cuando los hombres-macho contemplan el cielo. Y lo admiran, en décimas de segundo, pero lo admiran. Nunca verás a un macho-hombre sonreir como sonrie en ese instante.
Se puede jugar a todas horas, a veces, hasta la noche; lo que implica un atardecer, lo que implica el reflejo del universo.
Más tarde, los hombres-macho regresan a sus casas contando chistes sobre pollas enormes y maricas. Sonrien distinto. Y una vez en casa, abrazan a sus mujeres, cuentan las pecas de sus espaldas, les trenzan el pelo, recitan poesía para ellas. No se duchan. Claro que no se duchan. El olor es el póstumo vestigio de su mundo-macho. De su macho mundo de hombres. Luego sueñan
con canastas y estrellas. Con nubes que hacen formas de cangrejo, de ballena, de pez espada.
A la mañana siguiente escupen en el suelo, con mucho estilo, y vuelven a ser los machos-hombres-macho

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