martes, 6 de abril de 2010

hierve el agua



No sabíamos muy bien quien diseñó aquel lugar. Si dios zapoteco o maya o mixteco, o anónimo simplemente, de los dioses que hacían cosas pero sin llamar la atención. Tampoco alcanzabamos a atestiguar que verdaderamente no se trataba de un error, por decirlo de alguna forma. Agua brotando de la piedra, en la cima de la montaña, creando una alberca (que es piscina en mexicano) frente a un precipicio... pudiera ser un error, de programación de la naturaleza o algo así. Un despiste de cuando se crearon las cosas. No obstante, dejamos de preocuparnos en seguida.

El lugar se llama hierve el agua. Pues al brotar el agua de la piedra, de dentro de quien sabe desde donde y cómo, brota como en ebullición. sin quemar, fría, pero como si hirviese. Agua lista para echar los macarrones y dejar no cocer ocho minutos.

sábado, 3 de abril de 2010

redes de hamaca



Ocurrió que manejaban al atardecer. Querían llegar cuanto antes a la playa de Chacahua, cuando fueron capturados. Pescados con hamacas, al morder el anzuelo de mango con chile.
Pasaron la noche colgados en redes de hamaca.
Mientras tanto, a la mañana siguiente, los despertaron temprano, para aprovechar el día. Fueron obligados a jarras frías de agua de melón, de papaya, de jamaica. A tomar el sol, a quemarse la espalda. A baños secos de barro. A recoger conchas y caparazones de erizo en la orilla de la playa.
Habían caido bajo el influjo autocrático de Chacahua, y reducidos, irremediablemente, a turistas.
Murieron esa misma noche, bañándose.

Cabía esperar, tal desenlace. Antes, el océano era tranquilo y pacífico. Como una laguna,una alberca o un estanqueestero. Luego aparecieron las olas. Aquellas olas. Para proteger el océano de tanto turista.

jueves, 1 de abril de 2010

el gringo diabético

Sucedió que nos despertó a todos en mitad de la noche.
Estaba solo, dormía en la playa y le acababan de robar todo su equipaje. También las medicinas. No podíamos hacer mucho, por otro lado.
Era diabético. Solo le quedaba encima un horrible bañador hawaiano y unas gafas de sol de monturas azules. Le dijímos que durmiese con nosotros. Si entraba en coma hiperglucémico, por lo menos, no estaría solo; y alguien podría arrastrar su cuerpo hasta la laguna y hundirle en lo frondoso del manglar.
A la mañana siguiente seguía vivo. Se sentó en una mesa frente a la playa, a no desyunar, a no tomar nada.
Al parecer, aparecieron unos niños vendiendo, de palapa a palapa, flanes, bolis y chutes de insulina. Genial. Qué contento se puso el gringo. Iba a salvar su vida. No solo eso, sino que al rato se dejaron ver dos morritos que de palapa a palapa, vendían mango, papaya y pasaportes. El gringo no podía creer su suerte. Encontró uno que le sentaba fantástico. Coincidía en nombre, fecha de nacimiento y foto.
A lo largo del día, casi sin quererlo y sin necesidad de levantarse de la mesa, consiguió sustituir todo lo que le habían robado.

Aquel gringo pensó que no podía existir lugar más mágico en México, que aquella playa. México mágico, dijo levantando una chela y sonriendo.

Al final del día hicimos bote y le regalamos otro bañador. No tan fosforito.